(An English translation follows below the Spanish)
Es un honor estar aquí con la comunidad de Santa Cruz en esta noche tan especial: la fiesta de la Virgen de Guadalupe. Mi nombre es Miguel Escobar. Soy un sacerdote recién ordenado en la Iglesia Episcopal y sirvo junto al Padre Francisco Rodríguez en la iglesia de San Andrés, en Sunset Park, Brooklyn.
Mañana San Andrés va a celebrar a la Virgen de Guadalupe comenzando a las seis de la mañana con las mañanitas, cantadas en la casa de una familia que tiene una devoción profunda y especial a la Virgen. Menciono todo esto para decirles que traigo saludos y bendiciones del Padre Francisco y de la comunidad de San Andrés, y que estoy aquí llevando amor y cariño de parte de sus hermanos y hermanas en Cristo.
Como ya dije, esta es una noche especial. Ya hemos escuchado la historia de la Virgen de Guadalupe según el Nican Mopohua, el texto indígena que narra las apariciones, pero vale la pena recordarla una vez más, muy brevemente.
Durante cuatro días fríos - días como los nuestros - del 9 al 12 de diciembre del año 1531, hace casi quinientos años, en los alrededores del cerro del Tepeyac, la Virgen María, Madre de Dios, apareció cuatro veces a San Juan Diego y una vez a su tío, Juan Bernardino. Ella pidió que se construyera una iglesia en ese sitio.
Cuando Juan Diego llevó el mensaje al obispo español, fray Juan de Zumárraga, el obispo no lo creyó. Y aquí entra una dinámica clave de la historia: el drama, el vaivén, entre Juan Diego, un indígena que hablaba náhuatl como lengua materna y que probablemente batallaba con su castellano, y el obispo español, poderoso y arrogante.
Después de su primera visita, Juan Diego regresó al Tepeyac, y la Virgen apareció una segunda vez, enviándolo de nuevo a intentarlo. Pero otra vez no fue creído, y la historia sigue así hasta que finalmente el obispo pidió una prueba milagrosa. Y todos sabemos lo que sucedió después.
La Virgen mandó a Juan Diego recoger rosas del cerro del Tepeyac. Y como eran noches frías como estas, parte del milagro es precisamente que encontrara rosas floreciendo en pleno invierno. Juan Diego las recogió en su tilma, la prenda que llevaban los hombres de su pueblo, y las llevó al obispo. Al abrir la tilma y dejar caer las flores, todos quedaron asombrados al ver la imagen que hoy conocemos como la Virgen de Guadalupe.
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Pues, esta es, a grandes rasgos, la historia. Pero yo sé —como hijo y nieto de mexicanos, y como hijo y nieto de inmigrantes a este país— que este breve recuento apenas comienza a expresar lo que ella significa para tantas personas en México, en Estados Unidos y en toda América Latina.
A nivel social, la Virgen de Guadalupe se ha convertido en un símbolo de libertad, justicia y dignidad. En la historia de México, su imagen encabezó las luchas por la independencia, representando el nacimiento de una nueva identidad nacional. Aquí, en Estados Unidos, la Virgen acompaña las luchas por la dignidad del pueblo latino, especialmente la de los inmigrantes, en esta época particularmente difícil.
Pero su significado es aún más profundo a nivel personal. Sé que podríamos pasar toda la noche escuchando testimonios de lo que ella significa en la vida de cada uno de ustedes. Sé que ella les ha acompañado en momentos de dolor, de peligro y de necesidad. Lo sé porque lo he visto con mis propios ojos, y espero tener la oportunidad de escuchar, después del servicio, sus testimonios y historias.
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No sería un sermón mío si no incluyera algunas notas más académicas, detalles que quiero subrayar esta noche para enriquecer y profundizar nuestra reflexión.
La primera tiene que ver con Juan Diego y su identidad indígena. Sabemos que Juan Diego era un hombre nahua, probablemente de origen chichimeca, y que hablaba náhuatl. Esto significa que el castellano probablemente no era su lengua materna cuando se presentó ante el obispo. Para mí es fundamental subrayar este aspecto, especialmente frente al racismo persistente en América Latino y en este país contra los pueblos indígenas.
Cuando tenía veinte años, estudié seis meses en Querétaro, en la universidad del TEC de Monterrey. Algo que me sorprendió —y que me entristeció— fue ver cómo algunos menospreciaban a las personas indígenas en México. Aunque hoy existe mayor conciencia, en muchos lugares ese racismo sigue fuerte y persistente. Y por eso es tan importante enfatizar a quién decidió aparecerse la Virgen. Fue a Juan Diego a quien ella eligió.
Mi segunda nota se relaciona con la primera. En la imagen de la Virgen de Guadalupe hay una riqueza inmensa de símbolos bíblicos e indígenas. Se han escrito libros enteros sobre su simbolismo. Pero para mí, el elemento más poderoso es el color de su piel: ella es La Morenita.
Ella refleja la mezcla profunda de nuestras culturas: la indígena, la española y —aunque a veces no se nombre— la afrodescendiente también. Hace algunos años, hice una prueba de ADN para averiguar las raíces de mi familia. El resultado mostró raíces indígenas del norte de México, de la región cercana a Nuevo León; también raíces de España y Portugal, y también cierto porcentaje del África subsahariana, descendientes de quienes fueron traídos a América y enriquecieron la cultura América Latina con su música, comida, y su lucha por la libertad.
Yo veo todo eso cuando contemplo el rostro moreno, los ojos oscuros y el cabello negro de la Virgen de Guadalupe. En un mundo que siempre eleva lo blanco y lo europeo, ella encarna nuestro mestizaje, esa mezcla hermosa que nos hace quienes somos.
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Para terminar, quiero compartir una última historia que también funciona como una llamada a la acción.
Tal vez han escuchado de Las Patronas. Son un grupo de mujeres que viven en una pequeña comunidad en Veracruz, cerca de Amatlán de los Reyes. Desde hace muchos años, ofrecen comida y agua a personas migrantes que viajan sobre La Bestia, el tren de carga que cruza México rumbo al norte. Se le llama así porque muchas personas van colgadas del exterior del tren, en condiciones gravemente peligrosas.
Al ver el hambre y el sufrimiento de estas personas, Las Patronas comenzaron a compartir lo poco que tenían, lanzando bolsas de comida al paso del tren. Se hicieron famosas en todo el mundo por este gesto sencillo y profundamente misericordioso.
Pero no todas las personas saben por qué se llaman Las Patronas. El nombre es una referencia a La Patrona, la Virgen de Guadalupe, a quien ellas reconocen como protectora. Y lo hermoso de su historia es como decidieron convertirse ellas mismas en protectoras de otros, reflejando en sus propios actos la misericordia y el amor de la Virgen.
En este tiempo tan difícil para el pueblo latino en este país, cuando elevamos nuestras oraciones a la Virgen de Guadalupe pidiendo su protección, también somos llamados a ser patronas y patronos, protectores y protectoras de quienes más lo necesitan. A reflejar, con nuestras propias vidas, el amor, el servicio y la justicia que ella nos ha mostrado.
Amén.


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