Aquí estamos, en el primer domingo de Navidad. La época de la Navidad es una continuación de la Nochebuena, y un tiempo para profundizar en lo que realmente queremos decir cuando llamamos a Jesús Emmanuel: Dios está con nosotros.
Durante una de las noches de Las Posadas, aquí en San Andrés, cantamos una canción muy conocida en Puerto Rico, aunque nueva para mí, titulada El Niño Jesús. La letra me impactó tanto que al día siguiente seguía pensando en ella, casi como una meditación. Así que antes de decir nada más, quiero que la escuchemos juntos. Les pido que presten atención a la historia que cuenta y a la escena que describe.
Como decía, cantamos esta canción en la Cuarta Posada, y ahora quiero ofrecerles una breve interpretación.
El himno, cantado por Tony Croatto, presenta una escena doméstica. Un niño llega al portal de una familia y ese niño se llama Jesús. Ha llegado a cantar su aguinaldo y a pedir unas monedas. Curiosamente, nunca escuchamos la voz del niño; lo único que oímos es la conversación entre el portero y la familia - una familia respetable, con casa, con recursos, quizá incluso con portero.
El portero describe al niño una y otra vez como “descalzo, sin zapatos, y pelú”. Y la respuesta de la familia es siempre la misma: que no tienen tiempo, están ocupados, están a punto de salir. Aparece también el prejuicio: un miembro de la familia dice que “este niño es del arrabal, uno de los que nos roban”.
Pero el verso que más me impactó es cuando la familia dice que no puede escuchar al niño porque está a punto de ir a celebrar la Noche del Niño, el Niño que está en el cielo. No logran imaginar que el niño pobre, parado frente a su puerta, pueda ser el mismo Niño Jesús que celebrarán esa noche. En su mente, el niño del pesebre no tenía nada que ver con el niño Jesús del arrabal.
Al día siguiente hablé un momento con Manuel sobre la canción, y él me dijo que le encanta, aunque reconoce que es un poco oscura. Y tiene razón. Es una canción de Navidad que se atreve a hablar de la oscuridad: la oscuridad de la pobreza, la oscuridad del prejuicio, y la oscuridad de todo lo que nos impide ver la presencia de Dios en nuestro mundo.
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Empiezo hoy con este himno —un himno navideño, pero oscuro— porque el evangelio de hoy habla precisamente de la luz y la oscuridad.
El evangelio de Juan nos dice que la Palabra de Dios existía al principio, y en la Palabra estaba la vida, y la vida era la luz del mundo. Esa luz brilla en las tinieblas, y esa luz es el Niño Jesús. Pero también nos dice que esa luz fue rechazada, porque no apareció como muchos la esperaban. Apareció, podríamos decir, como “un niño del arrabal”. Y sin embargo, siguió brillando.
También, el evangelio nos hace una promesa audaz: que quienes reconocen esa luz y la acogen reciben el don de convertirse en hijos e hijas de Dios.
La pregunta que plantea la canción - y también el evangelio de Juan - es sencilla e inquietante: si la luz del mundo llega a nuestra puerta, ¿la aceptaríamos? ¿abriríamos nuestro corazón?
Juan reflexiona sobre un mundo que no reconoce la luz, que la rechaza y que se resiste a ella. Pero afirma algo decisivo: que la luz sigue brillando en las tinieblas, y que las tinieblas no la vencen.
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Tengo dos notas sobre el texto del evangelio:
Primero, debemos saber que Juan comienza su evangelio evocando el Génesis: “En el principio…”. Nos regresa al momento en que Dios crea la luz en medio del caos y la oscuridad. Desde el inicio, Dios actúa así: creando luz donde parece no haber nada.
Por eso este tema atraviesa todo el evangelio. Como el Padre Francisco notó el domingo pasado, el evangelio de Juan usa lenguaje simbólico y elevado, y uno de sus temas es que hay una especie de batalla entre la luz y la oscuridad. No solo a nivel cósmico, sino también en la vida cotidiana, en las decisiones humanas, en la manera en que respondemos a la presencia de Dios. Desde el principio del evangelio, entonces, comenzamos con esa idea: que la luz brilla en las tinieblas, y que las tinieblas no superan.
El segundo gran tema es el rechazo. La Palabra, la vida y la luz de Dios son rechazadas por muchos. Y esto no es nuevo. Muchas veces en los evangelios, Jesús recuerda cómo los profetas fueron rechazados antes que él. Es un patrón humano: rechazar a los profetas en vida y convertirlos en héroes cuando ya no pueden incomodarnos.
Juan toma esta experiencia histórica y la eleva a una verdad más profunda: aunque a veces parezca que la oscuridad gana, no es así. La luz de Dios es rechazada frecuentemente, pero sigue brillando.
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Y aquí estamos nosotros, en los días más oscuros del año, celebrando la Navidad. Ya pasó el solsticio. La luz empieza a regresar, lentamente, casi sin que lo notemos.
Muchas veces el Niño Jesús llega a nuestro portal no como lo imaginamos. Llega descalzo, con ropa gastada, pelú, como un hijo del arrabal. No llega para condenar, sino para cantar su canción: una canción de salvación.
Lo que amo del evangelio de Juan es su honestidad. No niega la oscuridad del mundo - la violencia, la guerra, la pobreza, el hambre, el prejuicio, el odio—, pero afirma con la misma claridad que, incluso ahí, hay luz. Y nos recuerda que siempre tenemos una elección: abrir o no la puerta de nuestro corazón a la presencia de Dios.
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