Durante las últimas semanas he estado bastante ocupado. El 1 de enero fui a visitar a mi familia en Texas, y tuve la oportunidad de ver a mi padre, quien se está recuperando poco a poco de un ataque que sufrió en agosto. Ha mejorado mucho y ya está caminando otra vez.
Además, el domingo pasado sustituí al Padre Carlos Rendón en la Iglesia del Redentor, mientras él realizaba un trabajo importante relacionado con la búsqueda del próximo obispo de esta diócesis. Y, en medio de todo esto, también tuve un huésped: un amigo, originalmente de Venezuela. Se pueden imaginar las conversaciones que tuvimos sobre todo lo que ha pasado en su país y en el nuestro, y sobre lo complicado del momento que estamos viviendo.
Si han prestado atención a las noticias, habrán notado que muchas cosas han ocurrido en estas últimas semanas —en Venezuela y en Minneapolis—, cosas que pueden provocar ansiedad y miedo, y que nos llevan a sentirnos abrumados o estresados.
Mi familia vive en una zona semi-rural de Texas, al norte de San Antonio, así que pude salir a caminar bastante. Durante esos paseos, una de las preguntas que me hacía era esta: ¿qué significa ser llamados por Dios en este momento? ¿Qué quiere Jesús de nosotros ahora? ¿A qué nos está llamando?
Es una pregunta importante, una pregunta para todos los que nos identificamos como seguidores de Cristo.
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En el evangelio de hoy, escuchamos a Jesús llamar a los primeros discípulos —y los llama en un mundo tan incierto como el nuestro—. Juan el Bautista señala a dos de sus discípulos que Jesús es el Mesías, y vemos a nuestro héroe, san Andrés, convertirse en uno de los primeros seguidores de Jesús. Andrés va entonces en busca de su hermano, y Jesús le da un nuevo nombre: Cefas, o Piedra —Pedro—.
Y vale la pena notar algo importante: Jesús no los llama a algo muy específico. No les presenta un plan detallado. En lugar de eso, los invita a que “vengan y vean”. Jesús los llama a venir y ver lo que está sucediendo en el mundo, y a descubrir cómo el Espíritu de Dios se mueve en medio de tanto alboroto. Yo creo que nosotros también podemos escuchar hoy esa misma invitación: Dios no siempre nos llama a algo completamente definido, sino a “venir y ver” cómo su misión se manifiesta en tiempos difíciles.
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Entonces, nuestro enfoque hoy es la llamada de Dios y hay mucho que se podría decir sobre este tema, pero me voy a limitar a dos cosas.
La primera tiene que ver con los trabajos de los primeros discípulos. A veces la Iglesia habla de “la llamada” y de “la vocación” solo en relación con el sacerdocio, como si fueran realidades exclusivas de las personas ordenadas. Pero sabemos algo de las ocupaciones de estos primeros seguidores de Jesús. San Andrés y san Pedro eran pescadores: trabajaban durante la noche y muy temprano por la mañana, echando sus redes, limpiándolas y arreglándolas al amanecer. Era —y sigue siendo en muchas partes del mundo— trabajo duro.
San Mateo era recaudador de impuestos para el Imperio Romano, un trabajo sospechoso que lo hacía ajeno a muchos, aunque no a Jesús, quien también lo llamó a “venir y ver”. Y san Pablo, aunque era más educado que muchos de los otros, aprendió desde joven a hacer tiendas y recorrió el Imperio Romano ejerciendo ese oficio para sostener su ministerio.
Estos son solo algunos de los primeros apóstoles de Jesús, pero sus trabajos nos indican qué tipo de personas llamó Jesús en los primeros días de su ministerio. Y podemos imaginar lo que significó —lo que les costó— dejar su trabajo para seguir a este hombre, a este Mesías, en algunos casos hasta la muerte.
La segunda cosa que quiero subrayar es que los evangelios nos muestran que los discípulos no comprendieron completamente lo que significaba seguir a Jesús. Entendieron una parte, sí —por ejemplo, que Jesús estaba lleno del Espíritu de Dios—, pero no lo entendieron todo. Tuvieron que tener fe y seguir “viniendo y viendo”.
En el evangelio de san Marcos, en particular, esta comprensión se va dando en el camino, lentamente, y muchas veces con resistencia a lo que Jesús enseñaba. En la lectura de hoy, cuando san Andrés le dice a su hermano: “Hemos encontrado al Mesías”, probablemente pensaba que habían encontrado a un héroe nacionalista que liberaría a Israel de Roma, y no comprendía que había conocido al Salvador del mundo, quien tendría que sufrir y morir en la cruz.
Entendió una parte, pero no el todo. Y creo que esto puede ser una gran consolación para nosotros, que tal vez nos sentimos abrumados por todo lo que está sucediendo en el mundo. Ellos entendieron solo en parte —como todos nosotros— y, aun así, respondieron a la invitación de Jesús: “Vengan y vean”. Esta invitación está extendida también a nosotros, incluso en tiempos difíciles. ¿Qué significaría para nosotros salir de nuestros espacios cómodos para ir y ver?
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Antes de terminar, quiero notar que mañana los Estados Unidos celebrará a alguien que siguió a Jesús, que fue y vio fielmente hasta la muerte: Martin Luther King Jr. Hay tantas cosas que se pueden decir sobre este hombre, bien conocido por su lucha por los derechos civiles y el derecho al voto de los afroamericanos en este país, que fácilmente podríamos enfocarnos en un solo momento de su vida.
No obstante, a la luz de la lectura de hoy, quiero hablar de cómo el mensaje de King fue evolucionando, incluso después de su etapa más conocida, cuando ganó gran popularidad y se lograron importantes avances en derechos civiles. Lo que mucha gente no sabe es cómo continuó creciendo en su fe y en su compromiso, cómo siguió yendo y viendo con Jesús.
En sus últimos años, King comenzó a reunir una coalición de personas pobres de todas las razas para formar lo que llamó el Poor People’s Movement, un movimiento para luchar por los derechos de los pobres, por una vida digna, y también para denunciar el racismo y el militarismo de este país (en Vietnam por ejemplo). En esa etapa, su mensaje se convirtió en una crítica profunda a una nación que tenía abundantes recursos para la guerra y el imperialismo, pero tan pocos para la educación, la salud y la alimentación de los más necesitados.
Esa última etapa de su ministerio no es muy conocida, en parte porque no fue popular. De hecho, cuando fue asesinado en 1968, King se encontraba en uno de los puntos más bajos de su popularidad, y muchos de sus antiguos aliados le habían rechazado porque pensaban que se había vuelto radical o incluso loco.
Pero yo no lo creo así. Creo, más bien, que siguió fielmente a donde Jesús lo llamó. Lo llamó a ser profeta, y los profetas rara vez son populares, aunque digan verdades profundas a su nación. Así que mañana damos gracias por el ministerio de Martin Luther King Jr., y al mismo tiempo escuchamos cómo Dios nos sigue llamando a nosotros a seguirle, incluso —y especialmente— en estos tiempos tan turbulentos.
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